Hubo un tiempo en que llené tu correo de mails,
y me llamabas a todas horas porque las dos sabíamos
que te encantaba escucharme,
y las frases entre nosotros eran como me imagino
que deberían ser siempre las balas,
duras, rápidas y a quemarropa.
Así estuvimos meses, poniéndonos de acuerdo en todo menos en nosotras,
porque tú me tomabas demasiado en serio y
a mí siempre me pareciste la mejor broma de mi vida.
Desde el primer momento tú te preparaste para no pillarte los dedos
y yo para verte recoger trastos y salir por la puerta.
Como siempre, el tiempo y los meses me han dado la razón,
porque no has vuelto a cruzar la puerta y ni siquiera has vuelto a llamar.
Lo más divertido de todo es que tu ausencia,
mi correo vacío y el no saber nada de ti me dan tan igual
que no pienso gastar tiempo en encontrarte
y decirte que tus historias y tú no habéis sido otra cosa más que una decepción
que se suma a la lista de todas las anteriores.
A lo mejor no es culpa tuya,
a lo mejor todo ese valor que has gastado en cambiar el mundo,
todo ese valor del que presumes,
nunca lo usaste porque no lo tuviste para mí.
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